Capítulo 1

¿LA COMUNICACIÓN EVOLUCIONA COMO LAS PLAYAS DE CÁDIZ, BARCELONA O IPANEMA?

De las comunicaciones masivas a la comunicación de persona en persona: una introducción personal.

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Extraído de Forsteri. G.L. Kooyman, C.M. Drabek, R. Elsner, W.B. Campbell (1971) «Diving behaviour of the emperor penguin, Aptenodytes» The Auk, Vol. 88. pp 786:

 «Observaciones generales de nado. Comportamiento gregario.—A los pingüinos emperador se les ve nadar en grupo con frecuencia en lo que nuestra experiencia suele ser un grupo que actúa al unísono. Pudimos apreciar el ejemplo más extremo de este comportamiento coordinado cerca de la colonia de Cabo Crozier. Los pájaros se zambullían haciendo agujeros muy separados en una superficie de mar helado de grosor muy fino (entre 15 y 30 cm.). De repente podía aparecer un grupo de pájaros casi al unísono. A veces de un agujero de apenas tres metros de diámetro podía emerger de golpe un grupo de hasta 30 pingüinos. Entonces, como si les hubieran dado una orden, todos se iban zambullendo de uno en uno. Nuestras observaciones en mar abierto fueron similares tanto en Cabo Royds como en Cabo Crozier.»

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 «¡Atención! ¡Atención! —graznó con un tono nasal y trompeteante el sistema de megafonía— Se ha perdido un crío. Tiene seis años, es moreno y lleva un traje de baño azul marino. Responde al nombre de Antoñito. Se ruega a quien lo encuentre que lo traiga a la caseta de la Cruz Roja sita en esta playa.

España. Años setenta. Agosto. Como cada domingo de verano, casi toda la colonia de vecinos del pueblo, compuesta por 150.000 especimenes, habíamos emprendido nuestra migración hacia las playas de la costa de Cádiz. Durante el verano gaditano de Jerez de la Frontera, la temperatura acaricia sádicamente los cuarenta grados centígrados.

La playa favorita de mi familia era la de Valdelagrana, en El Puerto de Santa María. Hacia las once de la mañana toda la colonia se agolpaba en los accesos a la playa y arrastrábamos nuestros pies en procesión torpe y bamboleante hacia la orilla del mar.

Cada grupo familiar avanzábamos en fila india sobre una arena blanca y fina que nos abrasaba las plantas de los pies y nos apresurábamos a conquistar unos metros de playa. Como prueba fehaciente de la conquista territorial, el macho más adulto de la familia tomaba el parasol familiar y lo hendía cual espada artúrica en la arena. A continuación desplegábamos mesas, sillas, abuelos y suegras. Era imperativo colocar al cobijo del parasol una pieza indispensable para sobrevivir a un severo día de playa andaluz: la nevera portátil.

Cada nevera contenía prácticamente lo mismo. Todas y cada una de ellas serían destapadas gregariamente a la misma hora, perfumando la playa con el aroma del aceite de oliva. Nuestra dieta veraniega se componía de chacina y queso como aperitivo, tortilla de patata española y una sandía o un melón de postre. Todo ello regado con cerveza o tinto con gaseosa y deglutido en parloteante comunidad alrededor de las dos de la tarde.

Una vez afianzado el estandarte familiar yo me iba a la orilla del mar a retozar con los polluelos de la familia vecina. Mi padre y mi abuelo desplegaban las páginas de Diario de Jerez. Mi madre y mi abuela formaban un corro de sillas plegables junto a las hembras de las familias colindantes. Charlarían todo el día mientras observaban a los miles de bañistas que paseaban por la orilla.

En la playa me comportaba como un auténtico pájaro bobo. De poco servían las advertencias de los adultos sobre la distancia máxima a la que podía alejarme durante mis juegos. Era inútil saber que si me perdía me castigarían con la tortura de permanecer una hora quieto bajo el parasol, viendo jugar a los demás críos. Excitado por las olas y los partidos de fútbol sobre la arena dura de la orilla, me iba alejando poco a poco hasta perderme. Entonces era cuando algún familiar se acercaba al puesto de la Cruz Roja del Mar y pedía a la locutora que anunciase mi pérdida. El sistema de megafonía, omnipresente a lo largo y ancho de toda la playa, se ponía en marcha. En escasos segundos algún adulto me identificaba y me llevaba de la mano, o de la oreja, a la caseta de madera de la Cruz Roja, donde me esperaba alguien de mi familia.

La megafonía gozaba de una eficacia asombrosa como medio de comunicación, pese a que interrumpía brutal y constantemente la paz del día de playa de toda la colonia a la pura fuerza de los decibelios. Nada más oír el «¡Atención!, ¡Atención!» de la locutora, mi padre y mi abuelo sacaban sus cabezas del periódico local y el corro de hembras enmudecía. Los futboleros retiraban el pequeño transistor de radio de la oreja y las hembras que hacían crucigramas levantaban el bolígrafo del papel. Tras escuchar el mensaje atentamente, escrutaban a su alrededor durante unos instantes para ver si encontraban cerca al polluelo perdido que reclamaba la megafonía. Solo después de hacerlo volvían a sus distracciones. El sistema de megafonía inspiraba confianza y proporcionaba seguridad. Mis camaradas más traviesos se perdieron y fueron recuperados puntualmente varias veces  a lo largo de muchos domingos de playa durante toda su infancia.

El sistema de megafonía no emitía sus frecuentes alaridos solo para reclamar polluelos perdidos. También interrumpía con su tono impersonal para alertar sobre el estado de la mar o dar consejos para un baño saludable. A veces anunciaba temas tan prosaicos como eventos locales, bailes o conciertos veraniegos. Este medio de comunicación masivo no solo era capaz de captar la atención y detener durante minutos la vida de la colonia veraneante, sino que además sus mensajes gozaban de total credibilidad. Las madres prohibían terminantemente el baño a los críos —si así lo recomendaba la megafonía— y si la megafonía anunciaba que el baile comenzaba a las siete y media, a las siete y media en punto estábamos todos vestidos de domingo con el pie ensayando la primera pieza.

Un único medio de comunicación masivo, impersonal y casi anónimo, era capaz de captar la atención, paralizar a placer e influir en la manera de saborear el verano de miles de individuos. Y siguiendo sus consejos, todos los veraneantes terminábamos disfrutándolo de la misma forma y al mismo tiempo.

No obstante, en la playa de Valdelagrana había un segundo sistema de comunicación que superaba en eficacia, credibilidad y confianza a la megafonía. Se trataba del pregón playero —a voz en grito— del “Papi”, cuyo timbre podía distinguirse entre la algarabía retozona de la playa.

«¡Qué alegría de verano! ¡Qué alegría! PaaaaaaaaPiiiiiiiiii, Papi, el famosooooo, el más queridooooo, el famoso de la playa de… errrr… —aquí el Papi titubeaba unos microsegundos— ¡Valdelagrana! Compre las papas más ricas de toda Valdelagrana. ¡Qué alegría de verano, qué alegría!

Rafael Pérez Sánchez, alias  El Papi, natural de El Puerto de Santa María, era vendedor ambulante. A diario recorría 15 km de playa, vistiendo pantalón y camisa de un algodón blanco inmaculado. Completaba su atuendo una gorra pasada de moda —grande y abullonada como las de los vendedores de prensa del Nueva York de los años veinte— , también de color blanco.

Yo de polluelo creía que el Papi era de raza negra. Al ir acercándome a la adolescencia comprendí que su tono de piel se debía al sol gaditano. Me llamaba mucho la atención el color amarillo achicharrado y las venitas rojizas de sus globos oculares, sin duda, tambien obra del sol también. Jamás lo vi usar gafas protectoras. Seguramente el Papi sabía muy bien que vendedor con gafas de sol no caza clientes.

La leyenda decía que el Papi caminaba varias veces al día la costa gaditana con su canasto de anea lleno de patatas fritas bajo el brazo. Según confesó al periódico El País en una entrevista publicada el 15 de julio de 1998, lograba vender 400 bolsas de patatas cada jornada. No creo que el Papi ganara mucho —como decían algunos picos malhablados—, pero es cierto que su capacidad de comunicación personal y empatía con los clientes eran excepcionales.

Además de pregonar sin descanso su mercancía, el Papi proporcionaba decenas de consejos útiles al día y opinaba sobre temas relacionados con su especialidad, la playa y el verano. Opinaba sobre en qué parte de la orilla y a qué hora era mejor pescar, qué calita habría que evitar al día siguiente —por temor a que el viento de levante arruinase el baño— o cuál era el chiringuito que servía las sardinas más frescas y baratas. Sus consejos corrían de boca en boca de una punta de la playa a la otra. Y con cada oleada de comunicación de individuo en individuo, la fama de su simpatía y credibilidad crecía un poco más en toda la colonia. A ningún espécimen —por muy pájaro que fuese— se le ocurriría jamás poner en duda los avisos o consejos del Papi, ni tampoco la calidad de sus patatas fritas.

El Papi además comunicaba de manera constante e incesante. Saludaba a todo el mundo —saludaba decenas de veces al minuto— mirando siempre a los ojos del veraneante con sus ojos achicharrados. Y recordaba y se interesaba por cada uno de los achaques de los ancianos o hipocondríacos del lugar, que no eran pocos ya que en Cádiz la enfermedad es una profesión. De vez en cuando cambiaba el saludo por un comentario más personal —que graznaba en tono íntimo—. Esa mañana se encontraba más cansado o en breve haría una pausa para refrescarse.

Incluso hoy en día, cualquiera de los miles de visitantes de las playas de Cádiz de más de treinta años podría recitar de memoria su famoso pregón, sin fallar ni en la entonación ni en una sola palabra. Eso sí, el Papi, «el famoso», cambiaba el nombre de la playa. Siempre era el más famoso de cada playa por la que estuviera caminando en ese momento. A lo largo de mi infancia de pájaro bobo, el Papi fue para mí el más famoso de Valdelagrana, de El Buzo y de La Calita.

El Papi carecía del presupuesto de comunicación y de la fuerza intrusiva y la cobertura del sistema de megafonía del ayuntamiento, pero lograba superarlo con su estrategia de comunicación de individuo en individuo. Con una comunicación de flujo incesante, emocional y útil para toda la colonia veraneante, era capaz de atraer la atención de una algarabía de miles de bañistas ávidos de mar y tranquilidad. Los miembros de la colonia conocíamos, respetábamos y conversábamos con el Papi mucho antes de comprarle el primer paquete de patatas.

La megafonía no era capaz de acercarse a su público como lo hacía el Papi. Por supuesto, este vendedor portuense vendía en competencia con otros vendedores ambulantes. Ninguno gozaba de la ventaja que suponía su inimitable estilo de comunicación personal, capaz de generar confianza de individuo en individuo. Incluso cuando el Papi se ausentaba de la playa en sus pausas para refrescarse, su sistema de comunicación continuaba funcionando para él, construyendo su fama de boca en boca.

2

«¿Massash? ¿Massash?»

Julio de 1992. El arquero Manuel Rebollo dispara una flecha de fuego e inaugura los Juegos Olímpicos de Barcelona. También inaugura mi primer verano como semiadulto. Trabajo como polluelo en prácticas en una agencia de publicidad.

Tomo el sol junto a mi hermano David, mis amigos Carlos y Aleix y otros adultos jóvenes. Mis ojos asisten atónitos a la transformación de la antigua playa marinera de la Barceloneta. Somos un grupito más de los cientos de grupos que migran a esta playa popular a la que se migra en grupo. La colonia está fragmentada. Los grupos ni se saludan ni se mezclan. Un bañista rubio con pinta de ejecutivo de visita en fin de semana atrae las miradas de todos. Usa un teléfono móvil que descansa sobre su toalla. Las baterías tienen el tamaño de una caja de zapatos. Desaparecieron las neveras. La dieta está envasada en porciones individuales. Somos un grupo de polluelos universitarios en la playa más popular y accesible de Barcelona.

El gigantesco pez dorado —obra del arquitecto Frank Gehry—  refulge majestuoso al final del paseo. La playa renovada ahora ofrece una generosa y acogedora lengua de arena. Un largo y ordenado paseo marítimo  se llena pronto de adultos viandantes, ciclistas y corredores de las nacionalidades más variopintas. Hay columpios de diseño para las crías y aparatos de musculación al aire libre, duchas y grifos metálicos de atractivos diseños a cada pocos metros. Han plantado palmeras que mecen sus melenas a lo largo de toda la playa. Cada servicio, restaurante e incluso pequeña terraza son elegantes y están conveniente señalizados. El conjunto del Puerto Olímpico me recuerda ahora a una playa de Santa Mónica en Los Ángeles, la de “Muscle Beach” (playa del músculo), cuna del culto al cuerpo californiano. «Pero no —pienso—, en realidad la señalética y el diseño catalán hacen que la nueva Barceloneta la supere en modernidad.»

«¿Massash? ¿Massash?»

No llevamos ni tres minutos con nuestras toallas desplegadas sobre la arena y una hembra asiática con una visera ancha nos ofrece masajes. Negamos amablemente y continuamos hablando, cómo no, de polluelas o de la universidad.

Nos interrumpe una africana envuelta en un pareo rosa y con un turbante a juego. Con su brazo lleno de pulseras señala el corte de pelo de un joven adulto en una foto y señala nuestras cabezas. El joven espécimen de la foto luce rastas adornadas con telas de colores llamativos. Sonreímos y negamos.

Al minuto una hembra que luce un tipo espectacular se dirige con acento argentino a nuestro rubio compañero noruego Svein y le ofrece entradas para una fiesta de la espuma en una discoteca del centro. A partir de ahí toda la mañana de  playa se convierte en una procesión de interrupciones y rechazos de todo tipo de vendedores y mensajes comerciales.

Machos de piel aceitunada y grandes ojos oscuros ofrecen cerveza, refrescos y agua mineral —«Fresca, fresca»—, machos de raza negra y caminar cansino ofrecen gafas de sol, gorras y sombreros de paja —«Mira, mira»—, hembras asiáticas ofrecen pareos o tatuajes provisionales hechos con henna —«Bonito, bonito»—, machos jóvenes de piel aceitunada y grandes ojos oscuros ofrecen coco —«Rico, rico»—, polluelos de piel oscura ofrecen tallas en madera de elefantes y jirafas —«Barato, barato»— y hembras rubias de ojos azules y verdes y ropas hippies venden abalorios artesanos.

Tampoco falta —hemos dicho que era una playa popular— el regimiento de tunantes que reclaman un tributo como recompensa al esfuerzo de crear  esculturas usando arena mojada. A saber, el que hizo el castillo del Cid, el que esculipió el Castillo de Pocahontas —«Aquel de allí, aquel»—, el que levantó el monasterio de Monserrat, el que hizo el Mapa de Cataluña —«No, no, la de la derecha»—, el que modeló la figura de San Jordi lanceando al dragón, el que esculpió la figura del monstruo de Shrek y le puso un vaso de tubo de cerveza en la mano —«¿Qué risa, no?»—, el que realizó un busto de Shakira tocando la guitarra —«¿Qué guapa, no?»—, el que modeló una Marilyn faldas al vuelo y le puso sus gafas de sol —«¿Qué relinda, no?»—, el de Charlot con su bombín y su bastón —«¿Qué típico, no?»—, el que… En fin, una sucesión interminable de caras y mensajes que olvidamos tan pronto como la rechazamos.

Después de una hora ya no sonreímos a ninguno de los que nos interrumpen, ni siquiera levantamos la cabeza ni abandonamos nuestra conversación adolescente. Reparo en que algunos de los vendedores han pasado varias veces durante el día ofreciéndonos su mercancía. Llego a la conclusión de que deben recorrer más veces la playa, interrumpir y repetir más veces sus mensajes en un intento de compensar las escasas ventas obtenidas.

Durante las últimas horas de la jornada de playa acabamos ignorando, con mala educación, a todos y cada uno de los individuos y mensajes. Fingimos que no están allí, que no hablan y no nos interrumpen.

Cae el sol. Recogemos las toallas y los envases de los alimentos y bebidas del día. Pregunto a mis amigos por qué no han comprado botellas de agua. Responden que no se fían, que las botellas pueden haber sido rellenadas con agua del grifo. Otro cuenta la historia de un amigo que se dejó dar un masaje y le lastimaron la espalda. Un tercero explica otra historia de tatuajes e infecciones. Nadie se fía del enjambre de vendedores que recorre frenéticamente la playa de la Barceloneta.

De la megafonía, ni rastro. Puede que exista. Puede que emita mensajes. Nadie de la colonia la oímos. Nadie le presta su tiempo de atención. Al igual que ocurre con el sistema de megafonía de los aeropuertos grandes, ya no se da información por megafonía, queda relegada a los mensajes de emergencia.

3

Me acabo de bañar en el océano Atlántico. De lejos veo la favela de Vidigal, detrás del hotel Sheraton. Han pasado dieciocho años desde mi verano de polluelo en Barcelona. Ya soy macho adulto aunque —hay que aceptar la genética— nunca dejaré de ser un pájaro niño. He venido a Río de Janeiro —ciudad maravillosa— para dar unas conferencias.

Decido dejar la playa burguesa de Leblon y hacer footing —arrastrar mis pies— por el ancho paseo marítimo hasta alcanzar la de Ipanema, pisando sus mosaicos de piedritas blancas y negras. Recuerdo que ambas playas fueron propiedad de un solo individuo, el fabricante de conservas de pescado Charles Le Blonde, pero ambas acabaron en manos del barón de Ipanema. Tras despedirme de las montañas gemelas Dois Irmanoes, haré footing desde el posto doce al ocho. Cuando divise la caseta, justo antes de entrar en Copacabana, pararé en uno de los pequeños chiringuitos para beber agua de coco fresca.

Me deslizo torpemente por el paseo junto a miles de individuos más. Los bañistas lucen trajes de baño de marca y grandes gafas de sol que recuerdan a las que usan los actores en las películas o las modelos en la pasarela. Hay muchos más turistas en Ipanema que en Leblon. Se nota porque están en peor forma que los lugareños y porque las hembras no se atreven a usar el popular «hilo dental» carioca alternativo al bikini.

Compruebo lo que me había advertido mi amigo Edson: la colonia visitante de la playa está religiosamente fragmentada por territorios. Muchos, muchos especimenes acuden solos a la orilla del mar. Cada cual va a lo suyo. Aquí les está permitido poner la toalla solamente a las hembras. Cientos de metros más allá está el espacio de los gays. Luego el de las familias. Medio kilómetro más allá se encuentran los deportistas, separados a su vez los amantes del fútbol, del vóley-playa, el surf, el windsurf y el body-boarding. Alguno come una fruta o un emparedado. No existe hora comunitaria para la ingesta de alimentos. Los restaurantes, los chiringuitos y las terrazas están abiertos y llenos todo el día. Cada cual come a la hora que le apetece.

Me fijo un poco más. No se parece en nada al bullicio de los graznidos trompeteantes de las playas de mi infancia gaditana. Los miembros más jóvenes de la colonia tienen los auriculares de sus iPods en las orejas. Los brasileños viven para escuchar música. Muchos teclean compulsivamente en sus Blackberrys o iPhones con una sola mano mientras toman el sol sobre las toallas. Brasil es el país de las redes sociales en línea. La más popular no es Facebook sino Orkut, con más de 50 millones de miembros. Un brasileño tiene una media de 231 camaradas en sus redes sociales, frente a los 29 de un japonés, según la empresa de medición TNS.

No hay rastro de megáfonos en la playa de Ipanema. Algunos vendedores ambulantes venden helados o refrescos, pero son pocos. A cada escasos metros hay chiringuitos a pie de playa donde comprar cualquier cosa que necesites. Cuando se atisba un vendedor, lo normal es que este camine en silencio por la orilla. Los vendedores no se molestan ya en graznar su mercancía. Para que se les perciba a distancia simplemente usan carteles coloridos y distintivos con logotipos gigantes de las mercancías que venden. Tienes que levantarte y agitar el brazo para que se acerquen a donde estás. No interrumpen. Solo acuden si les llamas, si los invitas a acercarse a ti.

Por fin llego al posto ocho, con la lengua fuera y el pico seco. Me he ganado un baño y un refresco. Dejo el paseo y bajo a la playa. Al salir del mar me siento algo cansado. No me apetece agua de coco sino la energía y el sabor de un helado de “açaí”. Acabo de descubrir las delicias de este fruto rojo de la Amazonia brasileña. Le pregunto dónde puedo encontrar un buen helado de a açaí a un polluelo al que le he pedido que vigile mi toalla durante el baño. El polluelo se encoge de hombros. Pero a continuación saca de un pliegue de la toalla un móvil inteligente. Teclea y me indica el lugar más recomendado por su red de amigos más deportistas. A los brasileros les caen bien los españoles que se esfuerzan en graznar portuñol.

Con el vaso del delicioso açaí en la mano me quedo a contemplar la puesta de sol de Ipanema. Con razón los lugareños tienen la costumbre de aplaudir cuando acaba.

Pienso en la evolución de las distintas playas de mi vida y en la evolución de otro ecosistema, el de la comunicación. Pateándolo me he ganado la vida todos estos años como especialista en graznidos, reclamos, rituales y otras estrategias de comunicación.

Pienso en la fragmentación y atomización de los distintos públicos con los que tenemos que comunicarnos en el mundo de la empresa o la política. En cómo parece que todos nos hemos ido haciendo más escépticos, mostrándonos cada día más refractarios ante los mensajes de individuos que no pertenezcan a nuestra red de amigos y conocidos cercanos. Pienso también en la megafonía y los medios de comunicación masivos. Han pasado de desempeñar un papel central, con una omnipresencia y eficacia incuestionables a ser un medio más, entre otros muchos. Y pienso en cómo todavía hay colectivos profesionales, empresariales y políticos que siguen invirtiendo fortunas para interrumpir y repetir machaconamente sus mensajes en los medios masivos.

El frío del helado de açaí en la mano —fruto de la prescripción instantánea y eficaz de una red social en un teléfono móvil— me recuerda la otra cara de la moneda: la consolidación por aclamación popular de las tecnologías de comunicación de individuo en individuo.

4

Las nuevas tecnologías de comunicación nos están haciendo más pingüinos que nunca.

Estamos más conectados que nunca. Parloteamos y graznamos más que nunca. Desarrollamos y aprendemos nuevos rituales de comunicación cada pocos días. Buscamos el refugio de la colonia cuando hace frío. También nos zambullimos en masa en el agua —sin pensarlo demasiado— si vemos que lo hace el vecino. Está por ver si seguiremos caminando en fila india. Seguiremos siendo igual de torpones que siempre.

La colonia de pingüinos más numerosa jamás registrada por la etología se encontró en el Antártico. La componen más de 56.000 ejemplares. Facebook —la red social generalista de más éxito— cuenta con más de 5.000 millones de miembros. El 50 % de ellos se conectan a diario y ya existen 200 millones de individuos que lo hacen desde su teléfono móvil. Este tipo de espécimen es el doble de activo que el resto de la colonia desde el punto de vista de la comunicación.

Otra colonia más joven—la red social de microblogs Twitter— aglutina a 200 millones de individuos, el equivalente a dos tercios de la población estadounidense.

La expansión demográfica de estas nuevas colonias es incesante. Según el estudio How much information ya estamos dedicando el 40 % de nuestro tiempo invertido en comunicación a utilizar las nuevas tecnologías y solo el 60 % a los medios de comunicación convencionales.

Con la comunicación de individuo en individuo nuestros graznidos han dejado de estar bajo nuestro control. A partir de ahora nuestros mensajes —desde una petición de aumento de sueldo, de un voto o de un donativo para una causa, hasta una opinión sobre la cotización de una acción, pasando por un comentario prosaico sobre un partido de fútbol—  estarán siempre en manos de cada miembro de la cadena de comunicación. A lo largo de sus ciclos de vida de boca en boca podrán ser modificados o deformados a placer. Viajarán sin dueño ni control —a velocidad de vértigo—, capaces de convertirse de boca en boca en mensajes de alcance planetario y también de estrellarse y desaparecer nada más doblar la primera esquina.

En la comunicación de individuo en individuo —sea utilizando una red social en internet, una herramienta de recomendación, un SMS o la cháchara con el vecino haciendo cola para comprar— el dinero ya no garantiza el éxito. El dinero ya no lograr comprar ni el tiempo de atención de los demás, ni la conexión emocional. No garantiza ni la reputación, ni la credibilidad. El dinero ni siquiera asegura la capacidad de influencia, ni la prescripción. Tampoco es capaz de garantizar que funcione el boca a oreja sobre un mensaje profesional, comercial o político.

Por tanto lo importante ya no es solo cómo y dónde cuentas tu mensaje —las preguntas clave de la comunicación masiva—, sino cómo, dónde y por qué lo van a contar los demás —decisivo para la comunicación de individuo en individuo.

Tendremos que aprender a crear mensajes contagiosos, que lo demás quieran comentar y compartir con los suyos. Si necesitamos que tengan un largo recorrido de individuo en individuo, nuestros mensajes deberán ser recordados y recontados fácilmente por los miembros de nuestra colonia. Para que viajen bien de pico en pico, además deberán ser narrativos.

Marcas como Spotify —la aplicación para la reproducción musical vía streaming—, el servicio de mensajería instantánea WhatsApp o el de correo electrónico Gmail lograron su expansión a escala mundial utilizando la comunicación de individuo en individuo. Con ella consiguieron construir prescripción, credibilidad y un halo de exclusividad en cientos de mercados.

A “El Papi” tampoco se le daba nada mal la comunicación de individuo en individuo. Llegaba y con su saludo pedía permiso para sumarse al flujo de comunicación del grupo familiar. A continuación se interesaba por los diferentes miembros de la familia. Luego contaba algo que resultaba útil para el día de playa. A veces se marchaba y ni siquiera había tenido que ofrecer su mercancía. Su mensaje le había precedido. Había llegado viajando de boca en boca a lo largo y ancho de toda la colonia de veraneantes.

Una de las ventajas de que la comunicación de individuo en individuo funcione eficazmente sin requerir de la inversión de grandes sumas de dinero es que ahora individuos sin recursos —pero con ideas brillantes— son capaces de conseguir hacer llegar su mensaje literalmente a todo el planeta.

Veamos qué podemos aprender sobre la comunicación de individuo en individuo, pero no de grandes expertos en la disciplina, sino de pájaros completamente anónimos, y no especialmente ricos. Zambullámonos juntos en la vida de un pastor baptista estadounidense, un cantautor de folk canadiense y un activista colombiano.

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